Parte 4
El doctor pasó su tarjeta por la pantalla lectora, que se iluminó en verde y permitió su acceso. En esa sala se encontraba el caso más extraño que se había encontrado en toda su carrera. Se trataba de una mujer joven que había aparecido en medio del bosque, como salida de la nada, justo al lado de un grupo de campistas. Cómo había llegado hasta ahí era un misterio. Las autoridades tampoco comprendían cómo había hecho lo que había hecho con los campistas, ni el por qué de su evidente locura. Tuvieron que dispararle sedantes para llegar a capturarla.
El doctor se sintió nervioso y, tal vez, un poco asustado, mientras entraba en la sala. La mujer estaba encerrada en un habitáculo transparente, reforzado y completamente cerrado en el que había permanecido ya tres días sin apenas moverse. El doctor esperaba que, si le ofrecía algunas comodidades, ella decidiese hablar con él. Comenzó por mostrarse amable con ella y le preguntó su nombre, aunque ella no respondió.
—Te llamaré Luna, como mi hija, ¿te parece bien? —dijo, ella no reaccionó—. Dime, Luna, ¿cómo llegaste al interior del bosque? ¿Usaste un paracaídas o algo así?
No hubo respuesta.
—¿Con qué atacaste a los campistas, Luna? —preguntó el doctor—. No tenían ninguna marca de armas, tampoco los envenenaste. ¿Cómo lo hiciste?
De nuevo, silencio.
—Déjame reformular la pregunta, ¿por qué lo hiciste?
Entonces los ojos azules y tristes de la chica lo miraron y el doctor sintió un escalofrío.
—Estaba cogido de mi mano, lo tenía bien sujeto y rezaba para que no se lo llevasen como pago —murmuró ella. De esos ojos bellos y extraños brotaban lágrimas como ríos de pena—. Pero cuando todo terminó, él no estaba conmigo. Se lo llevaron y yo no pude controlar mi desesperación. Ni siquiera me di cuenta de que había personas cerca, exploté y no pensé en las consecuencias. Ahora estoy sola, y me he convertido en lo que ellos temían. Ya nada importa.
—¿De quién hablas?
—De mi corazón —respondió ella, con gruesas lágrimas deslizándose por sus mejillas.
—No te entiendo, Luna. Ayúdame a entender quién se llevó algo tuyo, y por qué —insistió el doctor, abrumado.
—Los amos del espacio y el tiempo —murmuró ella—. Les pedí demasiado, me ayudaron a huir durante muchos siglos, pero tensé demasiado la cuerda. Ahora ya no puedo mantener mis promesas.
Lo siguiente que vio el doctor fue algo que jamás, ni en todos los años que le quedaron de vida, pudo explicar. Algo tan increíble que trastornó su mente hasta el punto de obligarle a abandonar su carrera científica.
Aquella misteriosa chica de infinita tristeza le lanzó una última mirada y, de repente, estalló en llamas. Fue como si las lenguas de fuego nacieran de su interior, conquistando centímetro a centímetro su cuerpo mientras ella gritaba de agonía, y sin embargo, aquella combustión espontánea fue rápida. En tan solo un par de minutos aquel incendio la consumió por completo, dejando solo una figura calcinada en el interior de la celda de cristal y una imagen imborrable en la memoria del único testigo.