Parte 3
Estaba todo preparado, todo salvo lo más importante.
Ansiosa, la mujer a la que llamaban Bruja, esperaba a su amado en el bosque, dispuestos ambos a escapar de esa horda de aldeanos furiosos que la culpaban, irracionales, de la extraña enfermedad que asolaba la zona.
Beltrán había intentado protegerla por todos los medios, pero ni siquiera su hermano atendía a razones. La historia se repetía, volvían a perseguirla como si fuese un monstruo, como si su magia fuese una amenaza y no un don natural con el que llevaba años ayudando a las aldeanas. Por eso habían decidido huir juntos, pero Beltrán se retrasaba.
Había preparado el Rito de la Balanza, un hechizo muy complejo con el que pediría a la naturaleza que les llevase lejos de ese lugar sin dejar huella, evitando así que pudieran seguirles. Era, sin duda, uno de los rituales más difíciles, un proceso que requeriría entregar algo a cambio, algo que ayudase a mantener el equilibrio natural. Pero ni a ella ni a Beltrán les importaba lo que pudiera costarles.
En ese momento escuchó ruidos entre la espesura. La adorada cara de su amado apareció tras las ramas y, apresurados, ambos comenzaron el ritual, tratando de ignorar los gritos y ruidosos pasos de los aldeanos que se acercaban, y no pensaban parar hasta eliminar de sus tierras y de sus vidas a esa peligrosa bruja que estaba matando a sus hijos.