Parte 2
«Cuenta una leyenda que en estos bosques vive una extraña mujer, un alma en pena, atrapada dentro de los lindes de los árboles. Las mujeres del pueblo acuden a ella para obtener su ayuda. Filtros de amor, curas y remedios para múltiples enfermedades, pócimas de buena suerte y sortilegios para abundantes cosechas. La llaman La Bruja, pero ningún hombre ha conseguido verla nunca. Todos creen que solo es un invento femenino para escapar de la dura realidad de sus vidas en ese lugar, frío, remoto e inclemente…»
—¿Estás seguro, Beltrán? Podría convertirte en sapo, o hacer que te salieran orejas de burro. O incluso podría matarte.
—Padre dice que La Bruja no existe, Enrique, así que no tenemos de qué preocuparnos.
—Pero… entonces, ¿por qué te metes al bosque? ¿Es por esa absurda apuesta?
—A mí nadie me llama gallina, hermano.
—Pues yo prefiero ignorar insultos necios que pasar la noche en un bosque que, dicen, está encantado. Puede que sean todo mentiras pero, aunque no haya bruja alguna, lo que sí hay con seguridad son animales peligrosos: lobos, osos…
—Por suerte, Enrique, yo tengo algo que los animales no conocen y temen. Tengo fuego, y eso me mantendrá a salvo.
Beltrán no escuchó más advertencias de su hermano y se adentró, valiente o quizá insensato, en la espesura del bosque. Llevaba consigo una antorcha prendida, su seguro de vida, y provisiones de comida y agua para pasar la noche. Les daría a esos zoquetes del pueblo una lección, a ver si en el futuro se atrevían a meterse con él de nuevo.
Tras caminar algo más de media hora hacia el interior del frondoso bosque encontró un lugar agradable para acampar. Una pared rocosa protegía uno de sus flancos, a su espalda había dejado un tramo bastante despejado, desde el que ningún animal podría acecharle sin ser visto. El resto, a su alrededor, era una sucesión de troncos, musgo, plantas y piedras que debería vigilar con atención para evitar cualquier peligro.
Beltrán clavó la antorcha en el suelo, frente a él, y se dispuso a pasar ahí, expectante, las horas que quedasen hasta el amanecer. Sin embargo, aunque creyó que podría mantenerse despierto, a medianoche sus párpados ya pesaban demasiado. Estaba a punto de caer en los brazos de Morfeo cuando, de pronto, una ráfaga de viento barrió el bosque y apagó su antorcha. Beltrán despertó al instante y, asustado, se esforzó por reavivar las ascuas que aún quedaban en la madera resinosa. Estaba a punto de recuperar la llama cuando una presencia a su espalda lo alertó. Sintió que el corazón se le salía del pecho al observar, atónito, a una figura oscura acercándose a él; una figura humana pero terrorífica. La Bruja era real.
—Por favor, no soporto el fuego —la oyó hablar.
Su voz era suave, dulce y melodiosa, como la de una ninfa. Bajo su capa oscura, Beltrán adivinó una piel pálida como el reflejo de la luna y una larga melena del color del carbón.
—¿Eres la… Bruja? —preguntó.
—¿A qué has venido a mi bosque, chico? —quiso saber ella, aunque su tono no era amenazante, sino más bien curioso.
—Yo… quería demostrar que no eres real.
La Bruja se acercó un poco más y Beltrán retrocedió hasta que su espalda dio contra la pared de roca. No tenía escapatoria. Sin embargo, en ese momento, La Bruja se quitó la capucha, revelando su aspecto, lo que dejó al chico sin aliento.
Su piel era blanca como la nieve, casi perlada, hermosa… y su pelo tenía la apariencia de seda negra cayendo como una delicada cortina hasta su cintura. Dos enormes ojos azules como el cielo en un día despejado lo miraron, analíticos. Aunque vestía prácticamente con harapos a Beltrán le pareció una princesa de cuento de hadas.
—Te daré lo que quieras si guardas el secreto —dijo entonces ella—: dinero, salud, la victoria sobre tus enemigos, fortuna ilimitada o incluso el amor de una mujer. Mis poderes están a tu disposición, pero no digas que me has encontrado.
Beltrán quedó confuso. ¿Acaso no sería más fácil para ella matarle sin más?
—¿De qué tienes miedo? —se le ocurrió preguntar, curioso.
Los azules ojos de la bella bruja se entornaron, llenos de dolor, angustia y terror.
—Los hombres sois crueles, destruís lo que no entendéis, sometéis a otros por envidia, venganza o temor, os creéis los dueños de todo lo que se os antoja poseer. No confío en vosotros, así que ofrezco un pago por el silencio de quienes entran en mi bosque. Si lo aceptan, quedan vinculados por mi hechizo y la magia les impide hablar de mi existencia. Así que, dime, ¿aceptas el trato?
Beltrán no aceptó. Guardaría silencio, pero no necesitaba nada a cambio de protegerla. Lo haría porque esa bruja había tocado su corazón, porque la certera flecha de cupido lo había alcanzado, y ya nada podría evitar que defendiese a esa mujer ante cualquiera que pudiera hacerle daño.